Ya estoy listo. Me puse ropa decente, junté las tazas abandonadas por la casa, pasé más o menos la aspiradora por los lugares visibles y procuré que en el tacho de basura no haya quedado a la vista ningún envoltorio de forro usado; descubrir eso, a las chicas que vienen por primera vez a tu casa, no les gusta.

Suena el portero. Con la camarita de Cablevisión en blanco y negro y mal ubicada no logro definirla demasiado, no mucho más que con la fotito del msn; esas que sugieren pero no muestran; calientan, pero por lo general decepcionan.

¿Hacerla subir sin conocerla? ¿Sin saber todavía si vamos a querer tener algo? Es muy incómodo soportar una previa y preparar un momento al que no sabemos si queremos llegar. Para estos casos hay una técnica muy práctica: Contesto el portero pero no le abro, bajo directamente, y mientras me acerco a la puerta y la veo impaciente, tengo unos 3 segundos para definir si la hago pasar o si prefiero hacerme pendejo, saludarla entusiasmado y decirle de ir por ahí y pedir un 1/4 de dulce de leche granizado. Una vez en confianza, es más fácil ir para el lado de “amigos”, hablar de sus ex, de las mías y a las 2 horas acompañarla a la parada. Es preferible a que pasemos toda la tarde en casa estirando algo que nunca va a comenzar.

Bajo por la escalera (los ascensores me aburren) y poco antes de agarrar el pasillo empiezo a escuchar:

Pasás?
No, gracias, estoy esperando a un amigo.

Cuando me avivo, ya estoy asomado y en un punto sin retorno. Quedé totalmente expuesto a ella, no, a ella no, a Paulina, vecina prototipo y que odio, aunque ella me adore, tanto como para empezar a corear mi nombre desde la puerta. Si, al lado de ella y disolviendo la entrada canchera y masculina que había preparado.

Japito!! Cómo estás lindo? -entona de manera musical.

¡¡La puta que la parió!! ¿Por qué me decís “japito”? ¿Por qué me decís “lindo”? y ¿Quién mierda inventó a los vecinos?

¿Cómo remontas un “japito” delante de una niña que vino hasta tu casa sólo para que le gustes mucho? Además, está claro que si una vieja que camina 6 cuadras de más para conseguir zapallitos más baratos, te dice “lindo”, te afea automáticamente.

Salvo dos excepciones y media, odio al concepto del vecino.

Arrastrando los pies y la bolsa del supermercado, Paulina se va.

Y ahí estamos, enfrentados al fin. Nos saludamos, nos sonreímos un poco y subimos.

Es raro, pero hace media hora que estamos juntos, hablando, mostrándole detalles de mi vida y todavía no la pude ver bien. Más allá de los ojos y un poco la boca, no sé si la niña está buena. Es raro, hablamos con cierto nerviosismo, hablamos copado y me fui olvidando de mirarla bien. Tuve una oportunidad de mirarle las nalgas y verla caminar cuando fue para el baño, pero me colgué viendo que estaba descalza. Si, entró y se descalzó! Y me gustó.

También en un momento estornudó, obviamente cerró los ojos y pude haberle mirado bien el escote (para eso se inventó el estornudo femenino) pero venía enganchado con lo que me acababa de decir. No paraba de decir cosas lindas, quería escucharla hablar todo el tiempo.

Hace 2 horas que hablamos y nos reímos de todo. Hace 2 horas que estamos preparando algo, se siente en el aire.

Sucede que me está calentando y aún no sé si me gusta, bah, se supone que si, pero todavía no sé qué me gusta, no la pude ver bien, ¿se entiende?

De las vueltas que hacemos los hombres para tener el primer contacto físico con una niña, me surgió la de los masajes. De la nada se nos ocurre instalar la idea de que ella necesita masajes y que nosotros sabemos darlos. Es una estupidez enorme, nosotros y ellas lo sabemos, pero nos ayudan y se hacen sonsas para que podamos romper el hielo. Por suerte, del masaje al beso y del beso al sexo pasó muy poco tiempo.

 

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