Los amigos estábamos un día en “Sol y Luna”, excelente restorán de mi ciudad, Saltillo. De súbito se abrió la puerta, y apareció en ella, recortada contra la luz de la mañana, una figura masculina que se detuvo ahí y paseó luego una mirada altiva por la concurrencia, como buscando a alguien. “Miren qué hombre -les dijo fascinada a sus amigas una señora que estaba en la mesa de al lado-. Ha de ser torero”. Lo era, ciertamente. Quien así había aparecido, igual que por la puerta de cuadrillas para salir al ruedo, era Rodolfo Rodríguez”, “El Pana”, autor del más hermoso brindis que en mi opinión se ha hecho en toda la historia de la torería: brindó la muerte de un toro a las prostitutas -él dijo la palabra con ahorro de letras-, daifas y mesalinas -usó esas voces culteranas-que le dieron de comer y de coger cuando era un pobre torerillo que se moría de hambre y de deseos. En “El Pana” se cumple cabalmente el viejo dicho según el cual el torero no sólo debe serlo: también debe parecerlo. (AFA)

 

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