El la observa plácida y durmiente a su lado.
Una señal natural, la luna desnudándose quizás; le indica que la hora de la transformación ha llegado.
Su espalda se arquea en un rictus de dolor. Pronto sus manos se transforman en mortales garras.
Ella duerme plácida y gatuna a su lado.
Su desnudez evoca su sed predadora una vez más.
Aprieta la garra cual si de un puño humano se tratara; hasta hacer brotar la sangre maldita que se desliza por el brazo-pata manchando la sábana blanca.
Entonces abre la ventana y salta al vacío. Pisos abajo se yergue ileso.
Pocas cosas pueden matarlo esta noche.
Ni balas de plata, ni remordimientos.
Pocas cosas pueden detenerlo esta noche de muerte sin culpas.

Ella registra el instante en el que el sueño lo hace presa.
Un cambio sutil en el ritmo de su respiración.
Ella, sabe que probablemente una noche su sed la traicione.
Pero hasta entonces mantendrá la costumbre de dejarle la ventana abierta.

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