El viajero fue a pescar. Se levantó en la madrugada y vio cómo las estrellas se iban apagando al tiempo que se encendía el sol. Con igual mansedumbre debemos apagarnos los humanos, pensó el viajero mientras disponía su sedal y su anzuelo.
Cuando el viajero llega al pequeño lago lo encuentra aún dormido. En sus orillas se refleja apenas un leve amanecer. Tira su línea el pescador y un pájaro vuela en sobresalto, quiebra la noche con sus alas y hace que el día se asome a ver qué pasa. Se vuelve azul el agua, y verde y amarilla; se escuchan silbos de aire; rezumban los insectos. Salta de pronto un pez de jade y pone en el lago círculos concéntricos. El último llega a la orilla y mueve una pequeña hoja de hierba.
El pescador tiene ahora al mundo prendido de su anzuelo. Ha pescado la luz del día, el sol, el aire de la mañana clara, el vuelo del pájaro, los ruidos de la vida y la memoria de las estrellas nocturnas que brillarán otra vez. Ningún pez ha pescado, se exceptúa la imagen de aquél hecho de jade, tan instantáneo y súbito como un hai-kai. Pero el viajero es pescador y sabe que pescar es lo que importa menos cuando se va a pescar. (AFA)

 

 

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