Ayer la felicidad me dio un abrazo. Sentí su corazón cerca del mío, y le abrí todas las puertas de mi casa. Ella entró y puso su bandera en la ventana para que la mirara el viento.
Yo no merezco la felicidad. ¿Habrá quien la merezca? Pero los dones que no son merecidos se agradecen más. Tomo esta felicidad y la acaricio, y la guardo dentro de mí igual que un ave estremecida.
Miren la multitud de tanta gente. Perdido entre la muchedumbre va un hombre con un letrero en alto. Ese letrero dice: “Soy feliz”. Si se fijan bien verán que el hombre del letrero soy yo.
Ahora abro los brazos y abro el pecho. Quisiera que esa felicidad que llevo saliera como un pequeño sol y diera a todos su calor y su luz. Soy egoísta: quiero que mi felicidad sea completa, y para que la felicidad sea completa se debe compartir con los demás. (AFA)

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