Archive for diciembre, 2010


No es que muera de amor,

No es que muera de amor, muero de ti.
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti.

Muero de ti y de mí, muero de ambos,
de nosotros, de ese, desgarrado, partido, me muero, te muero, lo morimos.

Morimos en mi cuarto en que estoy solo, en mi cama en que faltas,
en la calle donde mi brazo va vacío,
en el cine y los parques, los tranvías,
los lugares donde mi hombro acostumbra tu cabeza y mi mano tu mano y todo yo te sé como yo mismo.

(Fragmento) Jaime Sabines

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Y es la tierra, mi tierra, el polvo mío,
el árbol de la noche sollozada,
las puntuales blancuras de la garza,
las luces de mis ojos, el trayecto
de una mirada a otra mirada. El cielo
que vuela de mis ojos a los cielos
de unos ojos terrestres y las nubes
que desbordan el canto.

Nada vive
para morir sin dar. En todo encuentro
algo de mí y en todo vivo y muero.
Estoy todo lo iguana que se puede,
desde el principio al fin.

C. Pellicer

El Perú es Patricia.

 

El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”.

Mario Vargas Llosa: Discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura 2010



Tía Conchita.

La tía Conchita, única hermana de mi padre, era tenue y era dulce. Parecía un ángel que, salido del Cielo por error, anduviera extraviado acá en la Tierra. Cierto día -de esto hace ya muchos ayeres- la invitamos a ir “al otro lado”. Pensamos que tenía visa. En la frontera americana el guardia le pidió su documento. Ella sacó del bolso una fotografía y se la mostró. “Somos el Prieto y yo”, le dijo. El Prieto era su marido. Sonrió el hombre, y la dejó pasar. Muchas cosas del mundo la asustaban, y casi todas la llenaban de asombro. Se entristecía porque la mujer de la casa vecina le gritaba con enojo a su niño más pequeño, cuando lloraba: “¡Cállese el hocico!”, en tanto que ella le decía suavemente a su perro, para acallar sus ladridos: “Calla esa boca, lindo”. Hoy es el día de santo de mi tía Conchita, esa santa que nunca supo que lo era. Se fue como vivió, calladamente. Yo la recuerdo ahora. Se me ocurre pensar que llegó a las puertas de la morada celestial. San Pedro le pidió sus documentos. Ella le mostró aquel retrato. “Somos el Prieto y yo”. Sonrió el apóstol de las llaves, y la dejó pasar. (AFA)