La tía Conchita, única hermana de mi padre, era tenue y era dulce. Parecía un ángel que, salido del Cielo por error, anduviera extraviado acá en la Tierra. Cierto día -de esto hace ya muchos ayeres- la invitamos a ir “al otro lado”. Pensamos que tenía visa. En la frontera americana el guardia le pidió su documento. Ella sacó del bolso una fotografía y se la mostró. “Somos el Prieto y yo”, le dijo. El Prieto era su marido. Sonrió el hombre, y la dejó pasar. Muchas cosas del mundo la asustaban, y casi todas la llenaban de asombro. Se entristecía porque la mujer de la casa vecina le gritaba con enojo a su niño más pequeño, cuando lloraba: “¡Cállese el hocico!”, en tanto que ella le decía suavemente a su perro, para acallar sus ladridos: “Calla esa boca, lindo”. Hoy es el día de santo de mi tía Conchita, esa santa que nunca supo que lo era. Se fue como vivió, calladamente. Yo la recuerdo ahora. Se me ocurre pensar que llegó a las puertas de la morada celestial. San Pedro le pidió sus documentos. Ella le mostró aquel retrato. “Somos el Prieto y yo”. Sonrió el apóstol de las llaves, y la dejó pasar. (AFA)

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