Sucede que de pronto brilló otra vez la luz de una pasada estrella cuyo fulgor parecía extinto ya.
Nadie la vio nacer de nuevo; nadie miró su luminosidad. Hubo un solo hombre que en esa luz tenía su esperanza, y la guardó en el recuerdo cuando entre los giros del universo se perdió su resplandor. Esperó -el amor es el arte de la espera-, y no quitó jamás los ojos del punto donde la estrella había brillado. Y cuando se volvió a encender puso su nueva luz junto a la luz que siempre había llevado con él, nunca extinguida y olvidada nunca.
Así en la vida. No desesperes nunca de la estrella. Todos tenemos una que nos pertenece por razón de amor, que es máxima razón. Alguna vez la estrella brillará otra vez, y resplandecerá tu corazón con el derecho que tienen a la luz aquellos que no se dejan vencer por las tinieblas. (AFA)

 

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