Nunca violé a nadie, no me fue necesario, se me podría acusar de infiel, promiscuo y adúltero pero no de violador. Llegué a robar de la gente suficientemente tonta como para permitirlo (más de los que uno se podría imaginar), incluso asesiné de vez en cuando a algún sujeto sin el cual el mundo estaba mejor.

Nunca creí en la existencia de algún tipo de Dios, no le rendí honor a nadie nunca. ¿Misa? Una pérdida de tiempo. ¿La Biblia, el Corán y el Chilam Balam? Cuentos chinos. De ahí que sepa con certeza que mi gesto fue históricamente estúpido cuando llegó Dios a juzgarnos. Uno por uno.

Momentos antes de mi turno ya no había lugar para la incertidumbre en mi ser. Iba a ser castigado y enviado al Infierno. Y si existía un Dios como lo habían dicho mil y un religiones, seguro el destino donde cumpliría mi castigo sería tan malo como todas auguraban.

Al entrar a aquel lugar y ver a Dios… ¡¡a FUCKING DIOS frente a mí!! Debo admitir que sentí una inmensa vergüenza. Fue entonces cuando comenzó a hablar:

-¡Ya era hora cabrón! Pásale pinche borracho, estás en tu casa, siéntate allá, mira qué susto de poca madre le meto al putito que sigue.

Era Dios, no le preguntas qué le pasa, le haces caso. Fui y me senté donde dijo, junto a otros treinta y cinco millones de cabrones, o algo así. Vi cómo se burló del siguiente sujeto por vivir una vida aburrida y siempre haber reprimido sus instintos. Fue entonces cuando la sonrisa se volvió a dibujar en mi rostro y disfruté del show hasta el final. Alguien de atrás me pasó una cerveza y eso era, sin duda alguna, el paraíso.

¡Ahh que Dios tan a toda madre!

 

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