-¿Estás lista?
-Sí.
-¿Segura que llevas todo?
-Sí, está muy pesada –dijo la niña, sujetando la mochila.
-No te preocupes, no está tan lejos, ¿recuerdas dónde es, verdad?
-La casa donde se ven luces en la noche.
-Sí… esa.
Quería llorar, pero no se lo permitió. Si él comenzaba a llorar, ella también lo haría, necesitaba que fuera valiente y la única forma de hacerlo es no dándose cuenta de la situación.
-Tenemos que irnos, no hay tiempo.
Se limpió el sudor de la frente.
-Pero tú no vas a poder correr, papi. Uno te mordió en la pierna.
-Estoy bien, recuerda lo que tienes que hacer. Cuando te diga, agarras la escopeta y te vas corriendo ¿ok? ¿también llevas los cartuchos?
-Sí, todo.
Fueron juntos a la puerta. Sabía que esta era la última vez que la vería, pero tenía que hacer todo lo posible para salvarla, debía protegerla. De él mismo si era preciso.
Abrió la puerta de golpe. El viento helado y unos gemidos guturales los golpearon en la cara.
-¡Corre!
Aparecían de la nada, entre las sombras, dentro de su imaginación llena de miedo y adrenalina.
Se detuvo al final de un callejón. Era el lugar perfecto, un cuello de botella. Volteó, y advirtió que ella seguía corriendo.
-¡Espera!, dame la escopeta.
Ella lo obedeció, con los ojos llenos de lágrimas.
-¿Lista?
-Lista.
-No mires.
Esperó a que la distancia fuera suficiente. Apretó los dientes lo poco que pudo… y también el gatillo.
Unas pequeñas manos arrebataron la escopeta del cuerpo inmóvil.
-Gracias papi.
Se fue caminando, no era necesario correr, esas cosas estarían comiendo por un buen rato.

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