No era la más hermosa, pero lo volvía loco. Era una obra de arte que solo él entendía. Se enamoró perdidamente desde el primer momento, pero nunca tuvo siquiera el valor suficiente para sentarse a su lado.

Una noche que veía una película de muertos vivientes en compañía del único amigo que tenía, se le ocurrió aquello de aprender a revivir muertos, así podría tenerla a ella. Tener que matarla primero no le incomodaba, de cualquier modo la iba a revivir ¿O no?

Con este pensamiento abandono todas las comodidades y se lanzó a la búsqueda del anhelado conocimiento.

Una vez aprendido, su primer experimento lo realizó con el único amigo que tenia. – Si funciona con mi perro funcionara con ella – y funciono. Le quitó la vida en un callejón oscuro, sin golpes, sin dolor, sin sangre. Realizó el embrujo de resurrección ahí mismo, y como le enseñaron dejó solo el cuerpo sin vida para que despertara cuando tuviera que hacerlo.

Esa Noche al tiempo que preparaba la cena, se iba sintiendo más satisfecho de lo que había logrado. Colocó un candelero en el centro de la mesa y se miró en medio de uno de los rituales vudú a los que asistió tantas veces. Siempre supo que todo valdría la pena el día que alcanzara a tener una parte del poder de Dios. – Levántate y anda – dijo entre risas.

Estaba dormido cuando llegó, – Lucia – dijo entre suspiros. Lucía, semidesnuda, con el pecho y abdomen abiertos, sin parte de la piel, sin sus hermosos ojos negros, sin corazón, escurriendo por todos lados, estiraba los brazos para alcanzarlo, el perro muerto igual que ella, intentaba arrancar los músculos expuestos de su pantorrilla. El vomitando por toda la casa gritaba como loco. – ¡¡Maldita donación de órganos…!!

 

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