Fuimos a un restorán. Cuando salíamos, acabada la comida, se me acercó un muchacho y me pidió que le escribiera una frase para ponerla en la tarjeta del regalo que le haría a su novia este 14 de febrero. Tomé el papel que me extendió, y escribí unas palabras que no pongo aquí porque ya no son mías: son de ellos. El muchacho leyó el mensaje y exclamó con una gran sonrisa alzando al aire el puño: “Yea!”. Entiendo que eso equivale a una excelente crítica. Yo no sé si sé algo acerca del amor (y me pregunto si alguien sabe). Lo que puedo decir es que he vivido perpetuamente enamorado. Enamorado del amor, de la vida, de Dios -¿no son esas tres cosas una misma?-; enamorado de la mujer; del cielo y de la tierra; del mar con todos sus pescaditos (y de mi mar con todos sus pecaditos); de la humanidad y sus anexos, similares y conexos. Llevo todos esos amores bajo el brazo, como una sandía, y la amorosa carga hace leve mi paso por la vida. Me propongo seguir amando, pues mientras siga amando seguiré viviendo. Muerto está quien no ama ya. Y yo sé que después de la muerte volveré a vivir, por el amor y en el amor… De ese catálogo de amores formas parte tú, que cada día me lees y que disculpas, generoso, mis picardías y disparates. Son para ti estos cuentos en que se cuentan algunas de las incontables cuentas del amor… Un señor recordaba el lema de los hippies en los años sesentas: “Haz el amor, no la guerra”. Y comentaba: “Yo hago ambas cosas. Soy casado”… (Catón)



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