Siempre estuve orgulloso de conseguir a la mujer que se me antojara. Nunca ligué por razones absurdas y ofensivas, nunca follé por apuestas, nunca hice el amor para jactarme como el macho dominante de la manada. Por lo regular, las anécdotas de mis conquistas me las reservaba; cuando salía a flote el tema por supuesto que no me quedaba atrás, pero era modesto. De todas me gusta algo; su figura, su cabello, su rostro, sus chichis, su olor, su personalidad, su forma de hablar, de moverse… Podía ser la mujer más fea pero con que tuviera un detalle bello, me interesaba.

Ella definitivamente no es agraciada, no para el estándar al que nos atenemos. De hecho, parece “niño”. Pero tenía algo, un no sé qué, y conforme más la trataba más me interesaba. Me costó convencerla.

 Cuando lo hago me gusta tener el dominio, ser quien lleve las riendas del Acto.

Besar cada rincón de su cuerpo, deslizar mis manos por toda su piel. Cuando llego al climax termino donde y como me plazca, sin consideración a mi pareja.

La primera vez que estuve con Ella creía que tenía el control, tomé la iniciativa, Ella sólo acataba mis deseos. Desnudos, en el suelo, Ella encima de mí, Ella era todo, yo no existía, sólo la sensación que me proporcionaba, la sentía. Veía su cuerpo de muchacho imberbe mientras me hacía la felación, fue cuando me supe: yo fui su conquista. Aún con mi miembro en su boca sonrió con picardía, sabía que me tenía y que terminaría cuando y como quisiera.

Hice algo que nunca me creí capaz. Tímidamente, le pregunté:

—¿Puedo venirme en tu boca?

Siguió mamando con suavidad hasta que finalmente se detuvo y responde:

—Sólo si tu leche sabe a soya.

… Me siguen gustando todas, pero sólo hago el amor con una.

 

 

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