Sentado junto a la ventana los dedos callosos de Demetrio Macías iban y venían sobre el teclado del celular. El Manteca adormilado acomodaba los cartuchos y contaba las AK-47 que recién había traído Anastasio la noche anterior.
-Es cosa que no puedo explicar, Curro- dijo Demetrio- pero si no regresaba por la Camila, siento que todo esto ya era para nada.
-No tiene nada que explicar jefe, mire, le traje un presentito.
Y de la bolsa del chaleco saco una magnifica pieza, con cacha de oro y la finísima imagen de un oso con ojos de esmeraldas.
-¡Curro! Hijo de la chingada, de donde sacas…
-Mucho mejor que la del güero palma jefe, le juro que no es nada.
Demetrio acaricio la culata dorada y de reojo miraba al Manteca, que sin inmutarse ante semejante lujo, separaba los chalecos antibala que había regados por el piso, entre cajas vacías de pizza y comida china.
Pancracio, y la Codorniz entraron muertos de risa, detrás de ellos  el Güero Margarito, ridículamente enfundado en  playera y pantalón Ed Hardy, que se notaba era dos tallas demasiado chica para sus generosas carnes.
-Nomas te faltó la gorra güero – escupió la codorniz, mientras ya todos se acomodaban los chalecos, guardaban armas en su fundas, tranquilos, riendo, solo Demetrio, miraba con ojos de acero hacia la ventana.
Tocaron a la puerta, el Manteca saco la pistola y de dos zancadillas se paro detrás de ella:
-¿Quién es?
No hubo respuesta. Demetrio ya tenía puesto el chaleco y a señas indicaba a los otros donde acomodarse.  Por la ventana de la improvisada cocina El güero Margarito alcanzo a ver asomarse del techo del edificio contiguo a un soldado que tirado de panza, le apuntaba con su rifle.
-¡Son guachos, Demetrio! ¡Son Guachos!
Todo termino en segundos.

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