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Siempre estuve orgulloso de conseguir a la mujer que se me antojara. Nunca ligué por razones absurdas y ofensivas, nunca follé por apuestas, nunca hice el amor para jactarme como el macho dominante de la manada. Por lo regular, las anécdotas de mis conquistas me las reservaba; cuando salía a flote el tema por supuesto que no me quedaba atrás, pero era modesto. De todas me gusta algo; su figura, su cabello, su rostro, sus chichis, su olor, su personalidad, su forma de hablar, de moverse… Podía ser la mujer más fea pero con que tuviera un detalle bello, me interesaba.

Ella definitivamente no es agraciada, no para el estándar al que nos atenemos. De hecho, parece “niño”. Pero tenía algo, un no sé qué, y conforme más la trataba más me interesaba. Me costó convencerla.

 Cuando lo hago me gusta tener el dominio, ser quien lleve las riendas del Acto.

Besar cada rincón de su cuerpo, deslizar mis manos por toda su piel. Cuando llego al climax termino donde y como me plazca, sin consideración a mi pareja.

La primera vez que estuve con Ella creía que tenía el control, tomé la iniciativa, Ella sólo acataba mis deseos. Desnudos, en el suelo, Ella encima de mí, Ella era todo, yo no existía, sólo la sensación que me proporcionaba, la sentía. Veía su cuerpo de muchacho imberbe mientras me hacía la felación, fue cuando me supe: yo fui su conquista. Aún con mi miembro en su boca sonrió con picardía, sabía que me tenía y que terminaría cuando y como quisiera.

Hice algo que nunca me creí capaz. Tímidamente, le pregunté:

—¿Puedo venirme en tu boca?

Siguió mamando con suavidad hasta que finalmente se detuvo y responde:

—Sólo si tu leche sabe a soya.

… Me siguen gustando todas, pero sólo hago el amor con una.

 

 

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– “Fijate bien con quién te acuestas… Porque hay cada wey allá afuera que no sabes que te puede pegar o con qué te puede salir a la mera hora.”

Es lo que mi madre siempre me ha dicho desde que yo tenía 15 y me vio que salí igual de caliente que ella. La neta. Y tiene razón ¿a poco no? Me decía:

-“Cuando quieren quitarte los calzones, son todos unos hombres, pero si resultas preñada, son más niños que el bulto que llevas en la panza.”

Pero, bueno, yo ya no puedo aconsejarte lo mismo wey, digo, mira donde estamos.

Igualito le pasó a mi madre, también vino a una clínica de éstas y  cuando salió el dolor le duró un buen de tiempo wey, también la sangre que no le paró en tres días, y al wey que la embarazó, mal lo había perdonado su mujer y ya andaba detrás de otra vieja pendeja –sin ofender- pero de consuelo mi madre ya no iba a perder la figura. ¿Si entiendes, no?

La segunda vez que le pasó, pues ya no quiso y fue cuando nací yo.

Digo, porque un hijo no es cualquier pedo wey, los hijos son como la continuación de uno mismo, no son del wey que te embaraza y ya, también son una parte tuya wey. Y no puedes andar acabando con alguien que tiene tu sangre, sólo porque no te fijaste con quien te acostabas, digo, alguien tiene que demostrarles a esos pendejos que tenemos mas bolas que ellos. ¿Apoco no wey?

¡No! No llores wey, si yo nomás quería que te rieras, por eso te conté mi historia, mira ya te toca pasar a ti. Como tu digas wey, si quieres nos vamos…

Está bien, deja les aviso que mejor nos vamos…

 

Líneas paralelas.

 

Las líneas paralelas no pueden unirse ni aunque se prolonguen hasta el infinito.
Eso dice la razón. El corazón, sin embargo, dice otra cosa muy distinta.

Dos líneas paralelas se enamoraron. El amor hizo que se unieran, y ya no fueron dos líneas: fueron una sola. Así, como una sola línea, llegaron al infinito.
Ahí trataron de separarlas quienes a toda costa querían que triunfara la razón. Pero triunfó el amor, y nada pudo separar a las dos líneas paralelas, porque en el infinito eran ya una sola línea.

De esto derivo una enseñanza: lo que en este mundo puede ser verdad, a lo mejor en el infinito es mentira. (AFA)

 

Fuimos a un restorán. Cuando salíamos, acabada la comida, se me acercó un muchacho y me pidió que le escribiera una frase para ponerla en la tarjeta del regalo que le haría a su novia este 14 de febrero. Tomé el papel que me extendió, y escribí unas palabras que no pongo aquí porque ya no son mías: son de ellos. El muchacho leyó el mensaje y exclamó con una gran sonrisa alzando al aire el puño: “Yea!”. Entiendo que eso equivale a una excelente crítica. Yo no sé si sé algo acerca del amor (y me pregunto si alguien sabe). Lo que puedo decir es que he vivido perpetuamente enamorado. Enamorado del amor, de la vida, de Dios -¿no son esas tres cosas una misma?-; enamorado de la mujer; del cielo y de la tierra; del mar con todos sus pescaditos (y de mi mar con todos sus pecaditos); de la humanidad y sus anexos, similares y conexos. Llevo todos esos amores bajo el brazo, como una sandía, y la amorosa carga hace leve mi paso por la vida. Me propongo seguir amando, pues mientras siga amando seguiré viviendo. Muerto está quien no ama ya. Y yo sé que después de la muerte volveré a vivir, por el amor y en el amor… De ese catálogo de amores formas parte tú, que cada día me lees y que disculpas, generoso, mis picardías y disparates. Son para ti estos cuentos en que se cuentan algunas de las incontables cuentas del amor… Un señor recordaba el lema de los hippies en los años sesentas: “Haz el amor, no la guerra”. Y comentaba: “Yo hago ambas cosas. Soy casado”… (Catón)



Lucia.

No era la más hermosa, pero lo volvía loco. Era una obra de arte que solo él entendía. Se enamoró perdidamente desde el primer momento, pero nunca tuvo siquiera el valor suficiente para sentarse a su lado.

Una noche que veía una película de muertos vivientes en compañía del único amigo que tenía, se le ocurrió aquello de aprender a revivir muertos, así podría tenerla a ella. Tener que matarla primero no le incomodaba, de cualquier modo la iba a revivir ¿O no?

Con este pensamiento abandono todas las comodidades y se lanzó a la búsqueda del anhelado conocimiento.

Una vez aprendido, su primer experimento lo realizó con el único amigo que tenia. – Si funciona con mi perro funcionara con ella – y funciono. Le quitó la vida en un callejón oscuro, sin golpes, sin dolor, sin sangre. Realizó el embrujo de resurrección ahí mismo, y como le enseñaron dejó solo el cuerpo sin vida para que despertara cuando tuviera que hacerlo.

Esa Noche al tiempo que preparaba la cena, se iba sintiendo más satisfecho de lo que había logrado. Colocó un candelero en el centro de la mesa y se miró en medio de uno de los rituales vudú a los que asistió tantas veces. Siempre supo que todo valdría la pena el día que alcanzara a tener una parte del poder de Dios. – Levántate y anda – dijo entre risas.

Estaba dormido cuando llegó, – Lucia – dijo entre suspiros. Lucía, semidesnuda, con el pecho y abdomen abiertos, sin parte de la piel, sin sus hermosos ojos negros, sin corazón, escurriendo por todos lados, estiraba los brazos para alcanzarlo, el perro muerto igual que ella, intentaba arrancar los músculos expuestos de su pantorrilla. El vomitando por toda la casa gritaba como loco. – ¡¡Maldita donación de órganos…!!

 

Modelado.

 

– ¿Y qué hacemos aquí?

– Venimos a probar mi más reciente modelo.

– ¿Es en serio? ¿En una autopista, en hora pico, con un tráfico de la chingada?

– En efecto. De hecho, según mi modelo, llegaremos al punto B del mapa en exactamente 42 minutos.

– ¡Mis bolas son tus ojos!

– En serio. ¿No te había platicado de mis intenciones de modelar el tráfico con ecuaciones diferenciales en diferencias? Pues ya lo resolví. Era más sencillo de lo que creía. Es un modelo de flujo de tránsito vehicular con un autómata celular probabilístico. Por ende, es un modelo de espacio y tiempo discretos, donde cada célula del autómata equivale ya sea a un vehículo en movimiento con cierta velocidad o a un espacio vacío de la avenida donde se encuentran los vehículos. Si cada vehículo tiene asociada una posición en la autopista, al ser un autómata celular un espacio discreto, cada célula equivale a una parte de un vehículo o a una célula vacía. Y con la ecuación que te mostré el año pasado para calcular la probabilidad de que un vehículo reduzca su velocidad aleatoriamente y que probamos como cierta, cualquier estudiante de licenciatura resuelve para la incógnita – en este caso, tiempo – y listo, siempre y cuando el predecesor no esté dentro del horizonte de interacción del vehículo.

– ¿O sea que si alguien choca tu modelo sirve para pura chingada? Además, tu teorema únicamente funcionaría para una avenida de un único carril, Doctor Geniecillo. Y esto es una avenida de cuatro carriles.

– Sí, bueno… voy por partes ¿OK?

– ¿Entonces no llegaremos dentro de 42 minutos?

– Pues si el huevón de enfrente dejara de fajarse a su novia y acelerara, igual y hasta en menos.

– ¡Me cae que no valemos madre!

 

*Basado en la teoría Nagel-Schreckenberg de densidad de tráfico.

Uno.

 

—A ver, Donchuy. Platíquenos lo que le pasó con aquel compita suyo, que dizque ya se había muerto. Yo le invito su mezcal si nos lo cuenta.

—¿Para qué? ¿Para burlarse? —El ebrio agachó el rostro y volvió a hundirse en sus pensamientos. El joven le ordenó entonces a la mesera que le llevara dos copas de mezcal a aquel sujeto.

Luego del primer sorbo, el ebrio comenzó a balbucear: —Andaba fuera del pueblo, cuando me avisaron que mi amigo había muerto. Llegué tres días después. Cuando me vio en la puerta, la hermana de mi amigo me abrazó, gritando: “¡está muerto, Jesús, está muerto!”. Me acerqué hasta donde estaba él, y lo contemplé un rato largo. Parecía dormido. Para entonces yo ya tenía algo de fama como mago/adivinador. “Hacedor de maravillas”, me decían. Así que me pareció normal gritarle que se levantara. Llorando, le grité una vez más. Abrió los ojos. Intentó erguirse. ¡Lázaro!, gritó una de sus hermanas. Ella se desmayó. Casi me cago del susto. No terminaba de acostumbrarme a lo que podía hacer. Ya ves, a eso me dedicaba yo en aquellos tiempos. Pero ahora…

La burla del grupo no se hizo esperar: “¿Entonces se levantó y andó?”, preguntó el joven. “¡Anduvo, pendejo!”, le contestó otro, siguiendo el juego. “Bueno, sí anduvo pendejo un rato, pero ya después se compuso”, contestó éste, completando la broma. El estallido de risas fue generalizado. El joven sacó un billete de 50 pesos de su cartera. Lo arrugó y lo lanzó al piso. Todos reían a carcajadas. —A ver Donchuy. ¡Ahora baile! —El ebrio, terriblemente humillado, recogió el dinero. Éste era el precio de la inmortalidad, la insignificancia de ser dios.

Le dio un sorbo a su mezcal, cerró los ojos y —sin llorar, casi— se puso a bailar.

 

Corre.

-¿Estás lista?
-Sí.
-¿Segura que llevas todo?
-Sí, está muy pesada –dijo la niña, sujetando la mochila.
-No te preocupes, no está tan lejos, ¿recuerdas dónde es, verdad?
-La casa donde se ven luces en la noche.
-Sí… esa.
Quería llorar, pero no se lo permitió. Si él comenzaba a llorar, ella también lo haría, necesitaba que fuera valiente y la única forma de hacerlo es no dándose cuenta de la situación.
-Tenemos que irnos, no hay tiempo.
Se limpió el sudor de la frente.
-Pero tú no vas a poder correr, papi. Uno te mordió en la pierna.
-Estoy bien, recuerda lo que tienes que hacer. Cuando te diga, agarras la escopeta y te vas corriendo ¿ok? ¿también llevas los cartuchos?
-Sí, todo.
Fueron juntos a la puerta. Sabía que esta era la última vez que la vería, pero tenía que hacer todo lo posible para salvarla, debía protegerla. De él mismo si era preciso.
Abrió la puerta de golpe. El viento helado y unos gemidos guturales los golpearon en la cara.
-¡Corre!
Aparecían de la nada, entre las sombras, dentro de su imaginación llena de miedo y adrenalina.
Se detuvo al final de un callejón. Era el lugar perfecto, un cuello de botella. Volteó, y advirtió que ella seguía corriendo.
-¡Espera!, dame la escopeta.
Ella lo obedeció, con los ojos llenos de lágrimas.
-¿Lista?
-Lista.
-No mires.
Esperó a que la distancia fuera suficiente. Apretó los dientes lo poco que pudo… y también el gatillo.
Unas pequeñas manos arrebataron la escopeta del cuerpo inmóvil.
-Gracias papi.
Se fue caminando, no era necesario correr, esas cosas estarían comiendo por un buen rato.

El paraíso.

 

Nunca violé a nadie, no me fue necesario, se me podría acusar de infiel, promiscuo y adúltero pero no de violador. Llegué a robar de la gente suficientemente tonta como para permitirlo (más de los que uno se podría imaginar), incluso asesiné de vez en cuando a algún sujeto sin el cual el mundo estaba mejor.

Nunca creí en la existencia de algún tipo de Dios, no le rendí honor a nadie nunca. ¿Misa? Una pérdida de tiempo. ¿La Biblia, el Corán y el Chilam Balam? Cuentos chinos. De ahí que sepa con certeza que mi gesto fue históricamente estúpido cuando llegó Dios a juzgarnos. Uno por uno.

Momentos antes de mi turno ya no había lugar para la incertidumbre en mi ser. Iba a ser castigado y enviado al Infierno. Y si existía un Dios como lo habían dicho mil y un religiones, seguro el destino donde cumpliría mi castigo sería tan malo como todas auguraban.

Al entrar a aquel lugar y ver a Dios… ¡¡a FUCKING DIOS frente a mí!! Debo admitir que sentí una inmensa vergüenza. Fue entonces cuando comenzó a hablar:

-¡Ya era hora cabrón! Pásale pinche borracho, estás en tu casa, siéntate allá, mira qué susto de poca madre le meto al putito que sigue.

Era Dios, no le preguntas qué le pasa, le haces caso. Fui y me senté donde dijo, junto a otros treinta y cinco millones de cabrones, o algo así. Vi cómo se burló del siguiente sujeto por vivir una vida aburrida y siempre haber reprimido sus instintos. Fue entonces cuando la sonrisa se volvió a dibujar en mi rostro y disfruté del show hasta el final. Alguien de atrás me pasó una cerveza y eso era, sin duda alguna, el paraíso.

¡Ahh que Dios tan a toda madre!

 

 

Todavía recuerdo al buen Luís. Era listo como pocos aquí y tenia suerte con las chicas, tenia 27 años cuando eso pasó, creo que fue cuando salió campeón el Morelia, lo recuerdo porque era aficionado al fútbol y aun cuando que no le simpatizaba ese equipo igual lo festejó.

Estábamos sentados en las tribunas bebiendo cerveza cuando se lo dije. Así como si fuera cualquier cosa, así como comentábamos las estadísticas del equipo de torreón, así como cuando platicábamos de las putas y de las demás pendejadas perdidos en polvo y alcohol.

– No me gusta comer otra cosa que no sea sangre, no me llamo José Juan soy Kizin y soy un dios, de la muerte. Soy el apestado, rey de Xibalbá

– Jajajajaja pinche Juan no mames, mira ¡Ahí va el gol! ¡Ahí va el gol!

¡Gooooooooool!

Y fue todo. Ese día golearon a las chivas y el buen Luís se la pasó toda la semana platicando de los goles del Jared, de las jugadas del Pony y demás pendejadas del fut. Pensé que había escuchado mal o que simplemente como lo hacia cuando jugábamos carreritas en los transportes en los que trabajábamos, lo había olvidado, como olvidaba todo lo que yo le decía. Pero un día, algunas semanas después me preguntó.

-He wey la vez que fuimos al fut, dijiste una pendejada, algo de que eras un dios o algo así, pinche mamón y luego dices que el chemo soy yo-.

-Naaaa pinche puto si luego como siempre que te digo algo te haces wey y me das el avión, por eso nunca te cuento nada.- le conteste.

-A ver haz algo que nadie más pueda hacer- me dijo como retándome con los ojos rojos por el alcohol y lo demás.

Y si. Me vi muy hojaldra con el buen Luís, y a pesar de que podía matarlo con solo pensarlo, a punta de chingadazos lo maté.